Todos hemos vivido
alguna vez en propia piel esos días de sentirse miserable por cualquier razón
aparente, quizá sin encontrar un motivo decente al que culpar. Y es que a
veces, nosotros mismos somos nuestro mayor enemigo y peor castigo. Nos
obsesionamos con algo que ni siquiera existe o es inverosímil para los demás,
creando una burbuja a nuestro alrededor que no nos permite contacto directo con
el exterior. Que los cuentos, por bonitos que sean, solo son fantasía y la vida
es demasiado real para compararla con ellos. Nos intentan convencer de que
existe una felicidad y que nuestra vida solo será plena una vez alcanzada,
pero, ¿qué pasa con quien cree que la felicidad no perdura?
Unos piensan que son
inestables; otros, que no son de fiar; y otros tantos, que la montaña rusa
constante en la que se encuentra su corazón no se corresponde con la realidad.
Pero, ¿hay algo más real que una montaña rusa? El calor y el frío, el verano y
el invierno, la noche y el día… El “mundo real” que ellos creen defender está
regido por vaivenes constantes e incesantes. Hasta esos pequeños ratos de indecisión
o incertidumbre, donde el amanecer o el atardecer bañan por completo tus sentimientos,
forman parte de la caída de nuestra atracción particular. Quizá lo único que
nos queda es aprender a disfrutar de cada subida y cada descenso y saber que
por mucho que creamos haber caído, siempre habrá un fondo más profundo al que
bajar. Que la vida en sí, no es una felicidad plena de la que todos podremos
disfrutar, sino un parque de atracciones en el que tú decides donde montar y
cómo reaccionar ante cada sensación que se te presente. Porque podemos llorar,
de alegría o tristeza, podemos reír, de felicidad, de amargura o nostalgia,
podemos echar de menos (y de más). Y es dentro de cada uno de esos momentos
donde se encuentra la felicidad, que no perdura, pero te puede hacer sentir
ganador en la vida durante unos segundos.
Quizás nosotros y
todos los que creen que la felicidad solo es algo pasajero somos los que de
verdad entendemos cual es el sentido de vivir. De jugar y darlo todo en una
partida en la que podemos salir victoriosos, o al contrario, totalmente
derrotados.
Gracias a Dani por colaborar en esta entrada.
Este texto ha sido posible gracias a él.
@NemoCaptain_